Me encantan los cuentos cortos que vienen de Asia, pues se enfocan en transmitir un mensaje simbólico e imperecedero que a la vez es muy hermoso. Un granjero de Matsuyama tuvo que viajar a Tokio, pues en las poblaciones cercanas no había granos de arroz para poder sembrarlos y así cumplir con los compromisos pactados con sus acreedores.

Cuento corto el espejo de Matsuyama

– No te vayas amor mío. ¿Qué tal si te pasa algo? ¿Qué sería de mí y sobre todo de nuestra hija? Le decía su esposa.

– Te prometo que volveré pronto. Respondió él.

A su regreso, el hombre le trajo un juego de té a su hijita y algo sumamente especial a su mujer.

– Yukari con este objeto quiero expresarte mi cariño. Le dijo el hombre a su esposa.

Se trataba de un pequeño espejo cuadrado, cuyo marco estaba adornado con flores.

Antes de continuar, quiero aclarar que Yukari nunca había tenido la oportunidad de entrar en contacto con un artículo de esta especie. Por consiguiente, quedó perpleja al ver que se reflejaba la imagen de una linda joven que movía los labios al mismo tiempo que ella lo hacía.

– ¡Hay una chica encerrada ahí! Dijo ella.

– No cariño. Ésa que ves eres tú misma. Es como si te vieras reflejada en un río pero con mucha mayor nitidez. Le llaman espejo, y todas las damas de Tokio tienen al menos uno en su casa. Comentó el esposo, mientras soltaba una que otra carcajada.

A la mujer no le hizo nada de gracia. Sin embargo, continuó extasiada con su espejo. A tal punto que le hizo una pequeña caja de bambú en donde lo guardaba para que no le ocurriera nada.

Pasaron dos décadas y la salud de la dueña de la casa fue minándose poco a poco. Su marido y su hija se esmeraban para cuidarla y hacer que sus días transcurrieran de la manera más pacífica posible.

No obstante, un día el médico les visitó, informándoles que desgraciadamente a la mujer le quedaban unos pocos días de vida.

Ya moribunda, la esposa del granjero le pidió a éste que llevara a su cuarto a su hija, para poder despedirse de ella a solas y así descansar en paz.

En el instante en que su hija entró a su habitación, la mujer susurró:

– Hijita, abre la cómoda y saca una caja de bambú. Luego destápala y entrégame el objeto que está ahí dentro.

– Sí, mamá con gusto.

– Este es un espejo. Quiero que me prometas que desde el día en que yo ya no esté, lo tomarás con tus manos. Ahí encontrarás un reflejo joven de mí que estará para ti siempre que lo necesites. Escucharé atentamente todas tus dudas, preguntas y también tus alegrías. Mis respuestas las encontrarás en tu corazón.

– Te lo prometo madre.

Unos meses después del sepelio, el padre de la joven se asombró al oír cómo su hija hablaba y reía sola en casa.

– ¿Con quién hablas hija?

– Con mi mamá, como se lo prometí.

– ¿Qué?

La muchacha corrió hasta donde estaba su padre, para mostrarle el espejo.

– Observa papá, ella está ahí adentro. Nos mira y nos cuida desde el cielo.

Al hombre se le llenaron los ojos de lágrimas y no tuvo corazón para decirle que lo que allí observaba no era el reflejo de su madre, sino que se trataba de su propio rostro.

– Así es hijita, Yukari nos protege desde el más allá. Le dijo llorando mientras la abrazaba.

Daniel